Demonios = Verdugos
Hace un tiempo los creía desaparecidos, entre recuerdos y pensamientos de un pasado no muy lejano, pero como si la vida misma tratara de demostrar su poderío sobre mí, los presenta nuevamente. Como un par de diligentes ansiosos por cumplir su oficio, me miraron poco a poco a la distancia, y los veía venir. Sabía que regresarían, pero no sabía qué tan cercanos estaban ni qué tan rápido era su paso.
Sin poder prever, llegaron a mi vida con una sonrisa tenue, fría y una mirada afilada, mostrando su poder recién otorgado para destruir o, mejor dicho, cumplir su labor, porque, seamos realistas, todos tenemos un oficio que cumplir, un papel en esta vida, y nuestro deber es encomendarnos a dicha travesía.
¿Qué decir…? Su tortura empezó reventando mi pasado, reviviendo traumas y logrando que mi mente se quebrara en aquello que tanto me aterra… No es más que mi pasado y aquello que me persigue desde, no sabré cuándo, quizás desde la primera tragedia.
En este momento, mientras escribo estas palabras, ellos danzan un vals al ritmo de una macabra melodía y con una sonrisa que confirma mi mayor miedo: que se quedarán por mucho tiempo, o al menos el suficiente para quebrarme.
Los odio, pero son tan amenos, tan cómodos, tan conocidos, que es nostálgico estar en su presencia, y que vuelvan a mi vida es como afirmar lo que ya soy, lo que ya estoy: maldita. Maldita por la palabra, por el sufrimiento, por la vida. La vida misma es el equilibrio del bien y el mal; así como están los bendecidos, deben existir los malditos, esos infelices a quienes nos tocó cumplir el papel del equilibrio.
Somos lo que la sociedad predomina, el mal bienaventurado, o quizás así lo predomino yo, pero somos el mal necesario para que aquellos con buena fortuna puedan vivir bien, felices y llenos de todo lo que nosotros, los malditos, carecemos.
Ja… El mal necesario, qué hija de puta es la vida. Se burla, lo sé, y absurdamente le aplaudo porque su plan, su equilibrio vital, está muy bien hecho. Darwin lo describió bien en la ley de la naturaleza: sobreviven y evolucionan solo aquellos que se adaptan y logran sobrellevar las adversidades. Pero no dudes, también es necesaria aquella especie sacrificada, la que se necesita para crear al más fuerte, el lado que nadie toma en cuenta.
Para eso estamos los malditos: para darles posibilidades a los benditos, aquellos dichosos de fortuna, alegría y, no menos importante, paz y serenidad. Carentes de todo aquello, muchas veces aplauden nuestro dolor, lo llaman arte, inspiración, y cualquier otro mar de patrañas que nosotros mismos inventamos para sobrellevar la agonía de nuestra mente ya rota por tanto golpe.
¿No se dice que no hay peor castigo que la mente misma? Pues sí, nos corrompe y quiebra. Somos solo el resultado de todo aquello de lo que no tuvimos la culpa, pero que, aun así, es nuestra culpa. Somos esto.
Entonces… la vida me trajo a los verdugos nuevamente para torturarme, para demostrarme que mi papel es este, darme un recordatorio de que no se puede vivir en lo que no se ha asignado y que forzar e ir contra lo que no te pertenece solo trae dolor.
Somos lo que somos, y no lo olvidemos, porque solo puede traer todo aquello que lastima a tu vida, creando consecuencias que no son más que daños colaterales a quienes muchas veces no lo merecen.
Hace unos días, me hizo ruido el libro que estaba leyendo, cuando un personaje (escritor, irónicamente) se proclamaba maldito y decía que no le quedaba más que sus palabras para conservar la cordura, y que no era merecedor de felicidad ni amor. Al principio, escéptica ante su entendimiento, lo veía como un personaje que tal vez estaba perturbado o era necesario para darle contraste entre lo bueno y lo malo.
Pero realmente, sus palabras me marcaron más de lo que pensaba, creando en mí una marca, como una mancha que iba tomando sentido, protagonismo, hasta que, como si del destino se tratara, esta noche, junto con los verdugos, mostró su verdadero significado:
“Estar maldito es estar condenado a ser aquello que no pertenece a ningún lugar y donde el sufrimiento es lo que le da sentido a su vida”.
Entonces, la conclusión es que aquellos que somos el mal necesario, los malaventurados, estamos destinados a la soledad, la angustia y el dolor mismo, pudiendo ser nuestra normalidad, y lo que sería fácilmente tachado como inverosímil, aquello que no es correcto, ocasionando que la misma sociedad que creó eso sea la que te excluya.
Irónico cómo todo está en una red perfectamente diseñada por la vida, por su lenta jugada, y nosotros, sus peones, donde ella posiciona a cada uno como le antoja, eligiendo a sus preferidos y tomando en su poder el dolor para otorgar equilibrio.
Es una comedia, un poema que podría ser contado por trovadores entre pueblos, cantado y profetizado como un chiste, mero entretenimiento público, pero como lo que ocasiona risa, en algún momento ocasionó dolor.
Me surge entonces una pregunta que me gustaría que la vida misma tuviera la amabilidad de contestarme, siendo esta tan hermosa y sabia: ¿por qué el dolor es tan hermoso? Irónica pregunta, pero mi contexto va por el simple hecho de que todo aquello que roba el aliento, desde una melodía que muchos tararean en sus momentos alegres, un cuadro que es apreciado con admiración y júbilo, hasta aquellas palabras que son transmitidas entre las masas por ser interesantes y llamativas, proviene del dolor, de un momento en que el alma se quebró.
Cuando el alma se fragmentó en millones de pedazos, agonía en la que el aire faltaba y el mismo sol no lograba llegar, muchas de esas personas que aplauden a dichos creadores no se dan cuenta de lo más obvio: es hermoso porque es su alma rota puesta en aquello que aplauden.
Gracioso, ¿no? Aquí entra en vigor la fuerte labor de nuestros queridos verdugos, que no hay que olvidar que son el centro y el verdadero motivo de este escrito. Ellos, con su trabajo, hacen esto posible, que el equilibrio se mantenga, que los bienaventurados tengan dicha, y que el arte siempre viva.
Dejando esto último para algún otro momento de delirio, no queda más que decir:
Somos los malaventurados el mal necesario, para que la vida tenga sentido y los bienaventurados sigan disfrutando de la dicha otorgada.
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